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Las mejores pistas rompen sus propias reglas

Por Noelia P. · 26 de octubre de 2026

Voy a confesar algo.

Durante años, el tenis me pareció un club al que no me habían invitado. No era el deporte. Era todo lo de alrededor. El blanco obligatorio. El silencio extremo cuando alguien saca. Pedir perdón cuando tu bola toca la red y, aun así, gana el punto…

Un deporte con más protocolo que una boda.

Lo curioso es que, cuanto más lo miro ahora, más me gustan esos códigos. Porque un código no es solo una forma de excluir o incluir. También es una forma de que dos desconocidos sepan exactamente cómo estar juntos durante una hora. Es tecnología social, de la antigua.

La pregunta, entonces, no es si el tenis debería tener tantas reglas. Es quién se atreve a jugar con ellas.

El ganador pinta la pista

En Valencia, en Casa Axis, el espacio creativo de Felipe Pantone, hay una pista que cambia cada año. La pintó primero MRKA, con líneas como dibujadas a mano. Este año, Spok Brillor ha pasado doce días convirtiéndola en una ilusión óptica que parece hundirse varios pisos bajo tus pies.

Pero lo mejor no es la pintura. Es la regla. La pista forma parte de un torneo entre artistas, y quien gana tiene que repintarla antes de la siguiente edición.
Léelo otra vez. El premio es la responsabilidad de cambiar el sitio donde todos van a jugar. No sé si existe una metáfora mejor de lo que debería ser un club.

Una pista naranja bajo los frescos

En 2017, el artista Asad Raza instaló una pista de tenis naranja dentro de una iglesia desacralizada del siglo XVI en Milán, San Paolo Converso. Gratis. Con raquetas, redes, entrenadores y jarras de té de jazmín helado. Las estatuas hacían de público y los frescos de los hermanos Campi, de grada.

La idea de Raza era que la obra no se mirara: se jugaba. La belleza estaba en el ir y venir de la pelota, en golpes que rompen el silencio sacral del espacio.

San Paolo Converso en Milan

Pistas que te dejan con la boca abierta

Luego están las pistas que te dejan sin palabras por pura geografía.

En Il San Pietro di Positano, la pista de tierra batida está al pie del acantilado y se llega en un ascensor excavado en la roca. En Singita Sasakwa, en pleno Serengeti, hay una pista solitaria cuyo único público son las jirafas. En Rumanía, dentro de la mina de sal de Salina Turda, se juega bajo tierra, en una mina convertida en parque con zonas de juego y deportes.

Y en lo alto de Los Ángeles, junto a la casa que John Lautner diseñó en 1963, James Goldstein mandó construir una pista infinita sobre el tejado de su propia discoteca. Sí: una discoteca debajo de la pista. Es la fantasía sporty & rich llevada al límite. Con un giro precioso: Goldstein ha prometido la finca entera al LACMA, el museo de arte de Los Ángeles. La pista más privada de la ciudad acabará siendo de todos.

En Dubái, en 2005, Federer y Agassi jugaron sobre el helipuerto del Burj Al Arab, a 210 metros del suelo.

La moda también juega

La moda también lo ha visto. Casablanca ha puesto en el centro de su tienda de París una pista de tenis deconstruida de mármol, terciopelo y madera lacada, en homenaje a Carlo Scarpa. Miu Miu ha convertido clubes históricos, como el West Side Tennis Club de Nueva York, en fiestas de una tarde.

Y Adidas, junto a Parley for the Oceans, hizo flotar una pista en el parque marino de la Gran Barrera de Coral, con una superficie de plástico reciclado, para hablar de los residuos que acaban en el mar.

Lo que me quedo

De todas estas pistas me llevo una idea sencilla: nos gustan los códigos cuando invitan y no tanto cuando excluyen. El tenis de todos los deportes de raqueta tiene unos códigos y unos valores que conectan muy profundo con quien juega. Así que hagamos de ellos algo inclusivo

En SAWA, el tenis está en el centro. Y cada vez que pienso en nuestra pista, pienso menos en cómo se verá desde arriba y más en lo que pasará a su alrededor. Quién juega, quien se queda a mirar y que nos tomamos después del partido…

(Si algún día un artista nos la pinta, ya sabéis a quién se le ocurrió primero.)

Aquí el blanco, opcional. Nos gustan los colores

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